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jueves, 27 de mayo de 2010

Perdida en los tiempos verbales

Aquella mañana el futuro se había ido de paseo y me había dejado compuesta y sin tiempo verbal. Estaba siendo testigo de una tragedia conjugacional. Mis frases eran llanas y directas, limitadas por un presente poco atractivo. No poder expresarse en futuro en inglés era sintomático de algo. La línea del tiempo estaba amputada. La incapacidad para expresar deseos era el equivalente de vivir suspendida en el tiempo.

Me quedé petrificada delante de mi desayuno, consciente de que no envejecería al menos hasta recuperar el dominio de los tiempos. “Quiero, deseo y anhelo” conjugados en presente eran la única manera de seguir soñando. Pensar en presente me forzaba a tener que actuar, sin espacio para planear complicados caminos, estrategias o complots. Me levanté corriendo sin saber donde iba, esclava de un presente que no concedía treguas. Recorrí todas las calles dejando que mis pies pisotearan el asfalto mancuniano.


Las caras bajo el sol eran ya conocidas, los barrios despedían un olor familiar y la plaza de Piccadilly Gardens seguía siendo una cuna de rumores con acento inglés. Bajé, subí, reí, anduve y caí. Y al llegar la tarde, de regreso al hogar, supe que había conseguido pasar un día más sin pensar en el futuro. Aunque algún día regresaría de nuevo sin avisar y se enredaría a mi lengua.

martes, 9 de febrero de 2010

Ojos llenos de estrellas

Recorría el desierto, mecido por la ondulación de las dunas y el viento. La tierra en los ojos le impedía ver el atardecer. Sin embargo, intuía la oscuridad que se cerniría sobre él de un momento a otro. No recordaba quien era y que hacía allí. O quizás, sí. Un alma en pena que huía.

El desierto es como el mar - pensó - Cuando te ves inmerso en sus olas de arena, los únicos guías plausibles son la luna, el sol y las estrellas. Pero él, lejos de ser aficionado a la astronomía se limitaría a levantar la vista para observar aquel espectáculo de vida y luz, sin ninguna intención de descifrarlo, más bien con la idea de admirarlo embelesado.

A veces, el significado estropeaba la estética de las cosas, él lo sabía bien. No le quedaba mucha agua, aunque tampoco le importaba demasiado. Si había que morir, aquel era el lugar adecuado, lejos del ruido y la corrupción vital.

Se tumbó en el suelo boca arriba, a la vez que intentaba capturar los últimos segundos de luz. De pronto, el manto de estrellas se hizo visible y le recubrió por completo.

Ya no había mucho más que decir o hacer, tan sólo dejarse envolver por el frío y morir con los ojos llenos de estrellas.
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